Desde nuestra experiencia liderando proyectos de software, hemos visto ambas caras de la moneda cuando se trata de la virtualidad. No hay una única respuesta correcta: cada proyecto tiene su propia dinámica de acuerdo con la visión y cultura del cliente, y la clave está en encontrar el equilibrio adecuado entre lo virtual y lo presencial.
La virtualidad ha traído beneficios, facilitando la comunicación, la colaboración y la eficiencia, especialmente cuando los equipos están distribuidos geográficamente.
En muchos casos, ciertas metodologías y procesos pueden llevarse a cabo de manera completamente virtual sin perder efectividad en situaciones como lo son sprint y seguimientos. Sin embargo, hay momentos y escenarios en los que la presencialidad sigue siendo fundamental: la definición de requerimientos críticos como los levantamientos de información, los talleres de co-creación o las instancias estratégicas donde la interacción cara a cara marca la diferencia.
Por eso, en cualquier proyecto, es esencial alinear la modalidad de trabajo con las necesidades del equipo y la fluidez de los procesos. No se trata de imponer un modelo rígido, sino de adaptar la metodología a cada cliente para maximizar la productividad y el éxito del proyecto.
En definitiva, la virtualidad es una gran aliada cuando se usa estratégicamente, permitiendo optimizar tiempos y recursos. Pero no podemos perder de vista que, en ciertos momentos, la interacción presencial sigue siendo clave para fortalecer equipos, aclarar ideas y tomar decisiones críticas. Encontrar el balance es el verdadero desafío.